Crítica de la crítica

Tengo esta entrada dándome vueltas en la cabeza hace meses. Y no se va. Cuando eso sucede, sólo hay un modo de sacarla de ahí, ya sabes, te sientas, la escribes y así por fin te deja en paz. A veces, algún valiente amigo blogger te da, sin saberlo, el empujoncito que te hacía falta… gracias por ello, a quien corresponde. :)

Crecemos endiosando la crítica. En mi caso, primero fue “el pensamiento crítico” o la llamada “visión crítica del mundo”. Me lo enseñaron desde niña, en el colegio, para delicia y alivio de mis padres. Más tarde, era “la autocrítica”, ligada primero a un punto de vista político y más tarde (¡horror!) psicológico sobre la vida. El mundo estaba mal. Definitivamente mal. Y yo con él, naturalmente. Y si era incapaz de verlo y gritarlo a los cuatro vientos, estaría en problemas. Me convertiría en aquella cosa temida y aborrecible, en el cuco aquél de “ser una más del montón”. Luego, vino la etapa de la “crítica constructiva” que era perentorio hacer sobre los demás, sus creaciones, sus proyectos, sus sueños. Sin lugar a dudas, siempre con el noble ánimo (Ja!) de abrirles los ojos, de ayudarlos a ser mejores, o de impedir que se estrellaran contra la dura pared de la “realidad”.

Todo este duro entrenamiento, de un par de décadas, rindió sus frutos. Llegué a ser una persona extremadamente inteligente (crítica), con un admirable sentido del humor (negro), y sorprendente capacidad, para mis cortos años, de analizar (destrozar) la realidad en que vivía (vegetaba). No hacía nada. No obtenía ningún producto valioso. Sólo era una decepcionada y crítica espectadora del mundo que bullía de vida a mi alrededor, sin pedir mi consentimiento.

Me tomó unos años desandar ese lúgubre camino, con gran renuencia al principio y unos cuantos fracasos durante todo el proceso. Pero finalmente llegué a donde iba y aprendí mucho más de lo que jamás esperé aprender.

Fue interesante descubrir que a pesar de existir la llamada crítica constructiva, no ocurría lo mismo con su par, la crítica destructiva. Nadie tenía nunca las agallas suficientes, o tal vez la integridad suficiente, o quizá la capacidad de observación objetiva suficiente para decir: “Te voy a hacer una crítica destructiva…” Nunca sucedía. Nadie hablaba de ella. Era como si no existiera. Como si alguien la estuviera ocultando, deliberadamente. Muy extraño… Este hecho era tan intrigante para mí, que decidí investigarlo.

Observé que el aplaudido resultado “constructivo” de la crítica así llamada, era simplemente un mito. Nunca llegué a ver un átomo de esa pretendida construcción. Nunca vi que alguien se sintiera mejor por ella, ni que cambiara lo que estaba haciendo en la dirección de tal crítica. Ocurría, en general, lo mismo que con los consejos: entraban por un oído… Por el contrario, pude observar que las pocas personas que aparentemente no rechazaban la crítica de modo visceral, que la aceptaban estoicamente, sin pestañear, con los labios apretados, y que luego hasta la agradecían con su mejor sonrisa protocolar; cuando nadie las veía, estallaban en un arranque de furia o, peor, de llanto, cuya magnitud era sorprendentemente proporcional a la profundidad y extensión de la crítica, así como al número de críticos. En casos extremos, especialmente en los que se involucraba la creación de alguna especie, llegaban a abandonar por completo la actividad. Si este resultado no era “destructivo”, no puedo imaginarme cuál podría haberlo sido.

Ocurría exactamente lo mismo con la aclamada autocrítica. La autocrítica pública, de moda en los años 70-90 en determinados espacios, era en el mejor de los casos una farsa que había sido previamente ensayada, posiblemente incluso ante el espejo, y en el peor, una réplica exacta, en primera persona, de lo que ocurría con la crítica constructiva. Nunca conocí a nadie en su sano juicio que dedicara una parte importante de su hacer a autocriticarse. Las personas a las que admiraba por sus logros en diversos campos, ciertamente no lo hacían. Y a la inversa, aquellas personas que tuve el infortunio de conocer que sí practicaban la autocrítica como si fuera una especie de deporte, no sólo eran insufriblemente egocéntricas y deprimentes, no sólo vivían lamentando sus inacabables desgracias, sino que no hacían nada por nadie, ni acababan de hacer tampoco nada por sí mismas.

La “visión crítica del mundo”, el “pensamiento crítico”, incluían la “apreciación crítica del arte”. Y la tarea era aprender a detectar, por más escondido que estuviera, todo lo malo que debía incuestionablemente existir en una actividad, en una sociedad, en una institución.

Todo tenía, todo debía tener, grandes y numerosas fallas y era injusto para los demás el ignorarlas. Hacerlo, te convertía en cómplice de la barbarie. Estas eran las premisas iniciales. Había que escarbar y escarbar. Había que sacar estas fallas a la luz por el bien de todos; se tratara de la Mona Lisa, de un minuet de Mozart, del desempeño del gobierno o de sus intenciones. Se trataba, naturalmente de todas y cada una de las instituciones sociales, desde “la religión” (la Iglesia Católica), hasta los intentos de “alienación de las masas” (las películas, libros y artistas que no eran políticamente “correctos”), pasando naturalmente por los sistemas políticos y económicos que estaban en ese momento en el banquillo, y, como cantaba Silvio, por la familia, la propiedad privada y el amor.

Todo era malo, muy malo. Y si no lo era a simple vista, había entonces que buscar, aún con más empeño hasta encontrarlo. Nos enseñaron a enfurecernos por ello, a luchar contra ello. Nos enseñaron a despedazarlo. Y ¿qué obtuvimos? ¿La ansiada sociedad mejor? ¿La libertad? De la felicidad nunca se hablaba, llegar siquiera a considerar su existencia se había convertido en una vergüenza oculta, demasiado vinculada al placer y a otras libertades que nunca fue posible, ni nunca lo será, poner tras las rejas de ninguna ideología, ni de ninguna ciencia.

Aunque hoy en día para mí existen pocos seres más despreciables que los críticos profesionales, y pocos más patéticos que los aficionados, sucede que algunas personas, muy queridas por mí, escogieron quedarse atrapadas en esa trinchera, de dudoso honor. Parecen ser incapaces de observar algo, cualquier cosa, y verlo como es. Miran un reflejo distorsionado del mundo en su espejo crítico particular de feria de diversiones. ¿Quién más que quien lo instaló en primer lugar podría quitarles ese aparato que se mueve en la misma dirección de su mirada? La buena noticia es que es sólo eso. Un aparato. No es parte de nosotros. Es completamente desechable. Y profundamente inútil.

6 pensamientos en “Crítica de la crítica

  1. Estoy absolutamente de acuerdo… es desechable.

    A veces viendo esos puntos de vista tan negativos acerca de todo, me acuerdo de una época que yo tuve en la que era “bonito” recrearse en la melancolía, la nostalgia, las poesías de Becker, y si alguien me decía que no era todo tan triste, de alguna manera me fastidiaba porque realmente no quería salir de ahí.

    Pero ahora es todo tan distinto, lo veo desde fuera y me parece, exactamente como tú dices…

    Lo comprendo porque yo durante una buena época me sentí así pero es como si fuese algo antiguo que ahora no puedo sentir… esa forma de filosofar tan negativa, ese desacuerdo con todo… y me siento afortunada la verdad, por verlo todo de una forma más optimista.

    Ha sido agradable encontrarme con esta entrada en este blog.

    Un saludo. Cris.

  2. ¡Rayos y centellas! Te has despachado a gusto.Cualquiera se atreve a hacer una critica de la “Crítica de la crítica”. En lo fundamental estoy de acuerdo contigo.El endiosamiento de los críticos,como tú lo llamas,es algo que produce dentera.Sin embargo, una persona inteligente,con capacidad crítica,con sentido del humor(verde, azul o amarillo) y capaz de analizar el mundo que le rodea no me deja de parecer una persona interesante.El problema que me viene al a cabeza al acabar de leer tu artículo es el de la dificultad de decir la verdad.La verdad de verdad.Vamos, lo que sinceramente pensamos.Aceptar los comentarios,opiniones o criticas que otros hacen sobre nosotros o nuestro trabajo es una tarea realmente dificil.Lo es más auń decirles a otros lo que sinceramente pensamos.Creo que en demasiadas ocasiones,”mentimos”, no somos lo suficientemente valientes como para expresar de manera razonable nuestro parecer y dependemos demasiado del que dirán o de no provocar una situación violenta. Optamos por lo cómodo: o bien disfrazamos nuestra opinión con azucar añadido o sencillamente nos callamos.Esto no es bueno.Hay que ser habilidoso para comentar,opinar y criticar,y muchas veces metemos la pata. Pero mordernos la lengua siempre ,puede acabar por envenenarnos.Estando de acuerdo en la esencia de lo que dices, no puedo dejar de pensar que hay algo peor que la crítica, y es, la falta de de crítica.

    Saludos

    El crítico acrítico

  3. ¡Ja ja ja! “¡Rayos y centellas!” me hizo reír de verdad.

    Pues sí, un buen amigo me animó con su ejemplo a decidirme a escribir sobre algo más que RSS y HTML y Paneles de Control en mi blog, cosa que no estaba prevista. Pero ocurrió que visitando asiduamente su blog (que es fantástico, por cierto), empecé a sentir algo tan absurdo como “Ojalá yo tuviera un blog como éste donde poder decir lo que pienso… mi propia ventana a mi Universo propio…” Y una tímida vocecita respondió, muy adentro: “Pero, tontita, si ya tienes uno…” Y bueno, pues la vocecita tenía razón. Ya tengo uno.

    En cuanto a lo que planteas sobre tu tema favorito, bueno… no puedo estar más de acuerdo. Con un par de precisiones.

    Decir siempre toda la verdad no es necesario, a mi modo de ver. Hay cosas que si las dices provocarán más caos y mala onda que bien, no sólo para el otro, sino para ti mismo/a y NO traerán algo positivo a cambio. En ese caso, me callo. Y para no envenenarme, pues siempre llevo en mi cartera tres botellitas con unos antídotos especiales que desde que los descubrí, me han funcionado de maravilla.

    Si es posible que hablar resulte en un cambio positivo, entonces lo intento a toda costa y de la forma más eficaz posible. Para eso, sigo algunas reglas, especialmente en lo que se refiere al campo de la crítica de algún tipo de creación, que es muy delicado:

    a) Nunca doy una mala opinión sobre una obra si no me la piden con una mínima insistencia, nunca.

    b) Si alguien me pide mi opinión sobre algo –o si procede– solamente hablo sobre lo positivo de ello. SIEMPRE lo hay. Y por eso no es una crítica. La crítica –tal vez no en teoría, ni en el diccionario– pero sí en la práctica, busca siempre lo negativo, la falla. Siempre. Y desestima o minimiza lo positivo, siempre siempre siempre.

    c) Si alguien insiste en querer mi opinión sobre la falla de algo, primero trato de que la vea por sí misma, haciéndole preguntas. Si es imprescindible, se lo digo de una forma lo más desprovista posible de emoción negativa. Hasta ese extremo llega mi renuencia en lo que respecta a la “crítica de arte”.

    Sin embargo, d) si el callarme hará más daño que bien a alguien, sea porque hay algún peligro que no está viendo o por alguna otra razón, nunca me callo.

    Cuando se trata de personas o de actuaciones, depende. Siempre trato de comprender primero con claridad cuáles son los resultados finales de las acciones de la persona o del grupo. Y cuáles son sus intenciones. Y, normalmente, no abro la boca hasta tenerlo muy claro.

    Si resulta que son positivas o constructivas, hago más o menos lo anterior.

    Si, por el contrario, son destructivas (vamos a suponer en el caso obvio de un traficante de drogas, como ejemplo facilito), entonces recurro a despertar por un momentito a “mi yo en estado de hibernación” y, a través de la crítica, despedazo a esa persona o grupo con una precisión y frialdad espeluznantes. Más allá, trato de vivir haciendo algo al respecto, no sólo para desaparecer las lacras de nuestras sociedades, sino sobre todo para proteger, ayudar y fortalecer a las personas de buena voluntad. Porque a menudo sucede que las palabras se quedan cortas frente a las acciones.

    El proceso puede parecer un poco complicado o engorroso a primera vista, pero luego te acostumbras a él y resulta ser de lo más natural, ni siquiera tienes que pensar en ello, simplemente “sale”.

    Por otro lado, no siempre es tan fácil y tan claro. Pero si lo fuera, no habría aventura ni descubrimiento en la vida. No habría aprendizaje, no habría errores. Sería un poco aburrido para mi gusto, la verdad.

    Gracias por tu visita, crítico acrítico. :-)

  4. Querida vecina de blog:

    Entrantes

    Me alegro enormenmente por la decisión que has tomado.Un blog es un espacio abierto y está bien utilizar muchos ingredientes para que quede bien condimentado.En tu caso,además,tus ingredientes son altamente saludables,no es peloteo,digo lo que pienso.

    Primer plato

    La habilidad de decir lo que uno piensa,de ser sincero, de callar y de mentir cuando es necesario.Es algo que muy poca gente tiene.Los envidio.

    Segundo plato

    Estoy asombrado de como tienes razonado y estructurado el programa de comunicación con tus semejantes.Lo que dices es claro y convincente.Si eres capaz de llevarlo a la práctica de manera natural e interiorizada, me quito el sombrero.

    Postre

    El ramalazo pasional contra los criticos profesionales es una guinda hermosa para este pastel que nos has servido de postre.

    Hoy invito yo

    El gourmet jusamawi

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