Responsabilidad vs culpa

Hace unos días, invité a mi vecino a escribir una entrada “doble”, que es algo que hace un tiempo nos divertía hacer. Dos puntos de vista divergentes, al menos en apariencia, sobre un mismo tema. Uno en cada blog. Le dije que necesitaba una semana para escribirla (pensaba hacerlo el lunes, pasado mañana), pero sea que él olvidó este pequeño condicionante de tiempo, o sea que decidió hacer trampa y arrancar antes del disparo de salida, publicó su entrada, para mi horror, el día de ayer. Sólo por tratarse de quien se trata, le doy el beneficio de la duda y asumo la responsabilidad que me corresponde (100%) por sus acciones. Al fin y al cabo, fue mi idea invitarlo y se trata de mi vecino. ¿Lo deja esta asunción a él con una cuota de responsabilidad de 0% por el olvido o por la trampa? ¡Por supuesto que no! Como pretendo explicar a lo largo de esta entrada, a él le corresponde el otro 100%. La responsabilidad no se resta ni se divide. Sólo se suma y se multiplica.
…………………………………………….

Responsabilidad y culpa, al igual que ética, moral y justicia son conceptos a veces ambiguos, confusos, a veces considerados sinónimos entre sí, o al menos intercambiables, no sólo por sus usuarios frecuentes, sino hasta por los propios diccionarios.

Uno de los grandes aportes de mi amigo El Gran Sabio a la cordura de la humanidad consiste en haberlos diferenciado con claridad cristalina. En lo que a mí concierne, no deseo pensar en estos conceptos desde otro punto de vista, ya que ahora puedo hacer algo con ellos: me resultan útiles a la hora de tomar decisiones y también de ayudar a otros en la misma tarea.

Como bien plantea mi vecino, es imposible hablar de responsabilidad y culpa sin tocar los temas de ética, moral y justicia, por lo que proceden unas cuantas definiciones a este respecto. Trataré de simplificarlas al máximo.

Supervivencia y felicidad

“Partimos de la base de que todos queremos vivir.Para vivir tenemos que tomar las decisiones que creemos más convenientes para nosotros”, escribe mi sabio vecino. Tiene toda la razón.

Y eso no es todo, queremos algo más que vivir: buscamos sobre-vivir, entendiendo la supervivencia no como mantener la nariz fuera del agua a toda costa, sino como una escala que va de cero (la muerte) hasta infinito (el ideal de eternidad). En otras palabras, no sólo queremos estar vivos sino que tenemos un impulso, un impulso fundamental, hacia estar mañana mejor que hoy. Trabajamos, amamos, creamos para estar mejor. No sólo se trata de conservar la vida, sino de mejorarla. Y eso incluye, en mayor o menor medida para cada persona, la supervivencia de sus seres queridos: su familia, grupos, nación, la especie humana… y más allá.

La supervivencia es el punto de partida para esta entrada. Y como base fundamental, nos permite sostener todo lo demás. Por ejemplo, la felicidad. La felicidad sería, sencillamente, el resultado de acercarnos a la meta de supervivencia en cualquier empresa. La felicidad no es un estado perpetuo de extasis místico. Es un resultado, se le podría considerar también un “premio”, por avanzar en dirección a una mayor supervivencia individual, familiar, de grupo, humana, y así sucesivamente.

Pequeñas o grandes dosis de felicidad –o placer– resultan cada día, cada minuto, con cada paso que damos en la dirección correcta. Y son, en intensidad y duración, proporcionales a la distancia recorrida. Por el contrario, pequeñas o grandes dosis de dolor resultan con cada paso que damos en la dirección inversa, hacia una menor supervivencia, hacia estar peor, hacia la muerte efectiva o figurada.

Hay algunas trampas para osos en este camino hacia una mayor supervivencia, pero son muy visibles para un ojo humano mínimamente entrenado. Se trata de los placeres o la felicidad que aparentemente brindan ciertas actividades contra-supervivencia; como las drogas, por poner uno de los ejemplos más comunes. Aquí, basta introducir el concepto “a mediano o largo plazo” en la ecuación para determinar, con la mayor facilidad del mundo, la dirección en que nos conduce ese accionar, independientemente de su “premio” o “castigo” inmediatos. Podemos refinarlo aún más, pero no quiero desviarme. Correcto-incorrecto o pro-supervivencia/contra-supervivencia es tema para otra entrada, sea simple o doble….

Ética, moral y justicia

La ética, como sustantivo, es sinónimo de razón. Es la capacidad de determinar y tomar el camino hacia una mayor supervivencia, individual y colectiva, a mediano y largo plazo. Es algo que aunque contiene y afecta a los demás, depende por completo de la persona, de sus capacidades de observación, de razonamiento, de predicción y de autodeterminación. A mayor cordura, mayor ética, mayor capacidad y, por cierto, mayor libertad. A mayor incapacidad, mayor demencia, más falta de ética.

La moral es el conjunto de normas trazadas por un grupo determinado, a menudo una sociedad, para regir las interacciones de sus miembros. En su origen al menos, se basa generalmente en la observación de lo que ayuda o entorpece la supervivencia de ese grupo. No es mucho más que eso.

La justicia son las acciones y procedimientos que emprende un grupo cuando el individuo parece ser incapaz de actuar de manera ética y/o moral por sí mismo y perjudica así a otros miembros o al grupo en su totalidad.

Responsabilidad y culpa

No me interesa, para los fines de esta entrada, el concepto de responsabilidad-culpa en función de la moral ni de la justicia.

A mi modo de ver, la moral judeo-cristiana (que mi vecino me hace ¡por fin! el favor de reconocer como forjadora de gran parte del sistema occidental de valores), en el mejor de los casos no tiene un concepto claro de la responsabilidad. En el peor, tampoco está particularmente interesada en que nadie lo tenga. Como bien apunta mi vecino, su principal interés es sembrar, cultivar, promover y vender la culpa como su principal producto de exportación.

En el campo de la justicia, “culpabilidad” no se opone a “responsabilidad”, sino a “inocencia”. Y por “culpa” no se entiende otra cosa que “responsabilidad asignada por medio de la fuerza”. Lo cual podrá funcionar de maravilla en el sistema legal, pero jamás en el ético. Como muy bien observa mi amigo El Gran Sabio, un código ético jamás puede ser impuesto, porque este solo hecho lo convertiría, por definición, en un código moral: los principios éticos se asumen –o no– por propia autodeterminación y convencimiento. El apego a un código ético, con total autodeterminación, puede verse hasta como un lujo que sólo unos pocos pueden permitirse.

Desde este punto de vista, la responsabilidad es simplemente el reconocimiento de ser, haber sido o poder ser CAUSA de un efecto determinado. Es todo lo que es. De acuerdo a la etimología, sería la disposición y la capacidad para responder por algo o por alguien.

Y es en este punto en el que se encuentra la única divergencia con mi vecino. Porque sucede que sí causamos cosas, sí creamos efectos, a sabiendas o no, nos guste o no, tengamos 0 o 99 años de edad, seamos ejecutivos o empleados, padres o hijos, rasos o generales. Y con mayor o menor certeza, sabemos que lo hacemos. Y en esa misma medida, somos responsables.

¿Es responsable un soldado de haber participado en la destrucción de una ciudad, en el asesinato de civiles inocentes y en la violación de las mujeres que no pudieron escapar a tiempo? Lo es en la medida en que sea capaz de enfrentar el hecho de que causó lo que causó. No es “no-responsable”, sino irresponsable en la medida en que no está dispuesto o es incapaz de asumirse como causa.

En ese mismo tenor ¿puede un niño asumir responsabilidad por el bienestar de sus padres? Por supuesto que sí… con un pequeño condicionante: que cuente con unos padres mínimamente cuerdos y, por tanto, aceptablemente responsables. En la medida en que el niño es capaz de comprender que de su actuación depende en gran medida el sentimiento de orgullo o de decepción de sus padres, su tranquilidad o su histeria perpetua puede –y normalmente tiene el impulso de hacerlo– causar efectos mayormente positivos. Y si los padres, cuerdos al fin, se abstienen de castigarle cuando comunica los efectos negativos que ha creado, cuando dice “Yo lo rompí, fue un accidente, ¿me perdonas?” (proposición estándar de la hija de 5 años de mi mejor amiga), ve que también puede responsabilizarse de sus fechorías. Y su sentido de la responsabilidad aumenta. Más tarde, será perfectamente consciente de que su vida entera está en sus manos: es causa sobre ella y, como tal, tendrá certeza de que puede encaminarla en la dirección de sus propias metas. Quizá la parte más importante del trabajo de ser padres, consiste en estar completamente dispuestos a mordernos la lengua si es necesario para no aplastar los intentos incipientes de nuestros hijos por asumir cada vez una mayor cuota de responsabilidad.

¿Qué es culpa entonces? Nada más y nada menos que la asignación errónea o arbitraria de responsabilidad.

La culpa es una especie de sombra de la responsabilidad. Una caricatura, quizá. Y, definitivamente, su opuesto. Es asignar a otros una responsabilidad que nos corresponde. Es también permitir que alguien más nos imponga la calidad de responsables, violando así su condición esencial de autodeterminación. Y es, en el peor de los casos, el imponérnosla nosotros mismos sin habernos reconocido previamente como Causa, sea que lo fuéramos o no. Es el clásico “yo no fui, fue Teté”, el no menos clásico “sé que fuiste tú, tu siempre eres el que….” y el patético “por mi culpa, por mi culpa…”.

La culpa nos coloca, entonces, en la detestable condición de Efecto. Donde hay muy poco que podamos hacer. Porque, aunque parezca una perogrullada, un efecto no es causa jamás.

La responsabilidad se convierte en culpa a través de un mecanismo de lo más simple e interesante.

  1. Causamos algo, a sabiendas o no, por error o por descuido, que resulta ser un efecto más o menos dañino o indeseado.
  2. No estamos dispuestos o no somos capaces de enfrentar el hecho de haber sido Causa de ello.
  3. Asignamos la calidad de Causa a alguien o a algo diferente de nosotros mismos (aquí entra toda la increíble gama de justificaciones y explicaciones).
  4. De este modo nos volvemos Efecto y la responsabilidad rebota de regreso (ya que ha sido “enviada a la dirección incorrecta”) como Culpa.

Es el peor negocio que podemos hacer en la vida. Y lo hacemos a diario, en buena medida por puro desconocimiento.

Aunque me habría gustado exponer más ejemplos para ilustrar cada uno de los conceptos, espero haber contribuido con esta entrada –excesivamente condensada y sin embargo excesivamente extensa– a desmitificar en algo la idea tan socorrida de que estos asuntos son “muy complicados”. Pues no lo son.

Anuncios