Tecnología: líneas, redes y comunicación

Por M

Nunca tuve uno de esos juegos que se supone jugaban los niños de mi generación: dos latas de conserva conectadas con un hilo que funcionaba perfectamente bien como teléfono de corto alcance.

No hubo necesidad, ya que desde niña tuve acceso a lo más avanzado de la tecnología de las telecomunicaciones: el teléfono. Hice muy buen uso de él, al punto de batir mi propio récord en una misma conversación: 6 horas ininterrumpidas con mi mejor amigo, a los 14 años. Naturalmente, mis padres no estaban en casa ese día.

Aparentemente, mi abuelo se enteró de que habíamos visto el alunizaje del Módulo Lunar del Apolo 11 en casa de mi tío; esa noche mágica en que mi héroe indiscutible, el comandante Neil Armstrong, pronunció la frase aquella del pasito pequeño y el gran salto… a 384,400 kilómetros de distancia.

Y parece ser que este caballero acabó por compadecerse del atraso tecnológico de su nieta favorita, porque llegó a almorzar un buen sábado abrazando una Motorola Cadet de 12″, portátil, última generación, en glorioso blanco y negro. La depositó ceremoniosamente sobre la mesa del comedor, la enchufó y me hizo una alentadora seña para que la encendiera.

Antes de ese acontecimiento histórico, yo llevaba años viendo Mi Oso y Yo, Flipper, Batman, El Zorro, Viaje a las Estrellas (sólo cuando no había más remedio) y Viaje al Fondo del Mar (mi favorito), en la casa de mis amigas. Después vendrían –ya en MI propia tele– los adictivos OVNI, la serie británica de 1969, y el inefable Kung Fu. Dramática desde siempre, habría preferido morir a perderme un capítulo de estas series.

Creo que más o menos por esa época (12-13 años) me hice blogger. Por supuesto, desde que era muy niña llevé un “Diario de mi vida”, ese era el título que tenía en letras góticas doradas sobre la cubierta verde, imitación piel (todavía lo conservo), con todo y su correspondiente candado. Me refiero, naturalmente, a un candadito normal, metálico, con su llavecita también de metal, no al “password lock” digital con reconocimiento de voz que tiene el diario de mi hija. Pero cuando digo blogger, no me refiero a ese diario personal, privado y ultrasecreto, sino a que me encargaba del diario mural de mi curso: diseño, tipografía, caza de noticias, redacción y “posteo”. Para los lectores de Karen que jamás hayan visto algo así, se trataba de un espacio más o menos cuadrado, de madera, al lado de la pizarra, donde se pegaban con grapas o chinchetas diversas noticias, historias, poemas, fotos, etc., (exactamente lo mismo que un blog), que debían interesar a los alumnos de ese curso. Las letras de los títulos se hacían una a una sobre papel de color y se recortaban. Había ediciones especiales para las fechas especiales. ¡Era un montón de trabajo, pero muy divertido! Luego vino el Diario del 2do C; una especie de versión portátil del mural; una extraña mezcla de blog-twitter prehistórico. Era un cuaderno cuadriculado, encuadernado en espiral metálica (las plásticas aún no existían), donde todo el que quería escribía reflexiones filosóficas, mensajes para los demás lectores/escritores, crónicas sobre vacaciones o películas… también se colaban dibujos, caricaturas, peleas, declaraciones de amor…. estuvo con nosotros todo un año y fue algo sensacional. Está bastante apolillado y algo oxidado, pero aún sigue conmigo.

El gran salto a la era digital ocurriría en mi caso unas dos décadas después.

La precursora de la tecnología en casa fue mi madre. Adquirió una Compaq último modelo, Sistema DOS, a fines de los ’80; amanecía trabajando en ella, era imposible despegarla de esa pantalla negra con temblorosos caracteres naranja. Recuerdo cómo me explicaba, con sus grandes y hermosos ojos brillantes por la emoción, cómo el Word Perfect era la octava maravilla del universo y cómo revolucionaría todo, absolutamente todo. Yo no acababa de entender su euforia; de acuerdo a sus explicaciones, me parecía una forma complicadísima, casi incomprensible, de hacer las cosas, así que seguí aferrada a mi pequeña máquina de escribir Brother por unos cuantos años más… mi tiempo aún no había llegado.

Llegó, por una necesidad económica y profesional. Como diseñadora gráfica, yo debía pagar por los servicios de “composición”, es decir los textos más o menos diagramados que se pegaban sobre unas hojas especiales que luego se fotografiaban en un proceso llamado “fotomecánica” para producir los negativos que iban a la imprenta. La composición la hacían primero unas misteriosas máquinas (que nunca llegué a ver), manejadas por oscuros operarios (con los que nunca llegué a hablar), que trabajaban detrás de una horrible cortina color ocre que colgaba detrás del dependiente ubicado detrás del mostrador a través del cual yo ordenaba el trabajo. Luego llegó la fotocomposición, otro proceso igual de misterioso, por el cual los textos salían en un papel satinado que debía pegarse con cera derretida en lugar de pegamento. La fotocomposición trajo mayor y mejor variedad de tipografía y, aunque era mucho más cara brindaba un mejor servicio al cliente, por lo que rápidamente me pasé al nuevo proceso. Entonces, pocos meses más tarde, descubrí la composición por computadoras personales. Un mundo de diferencia. En “Compuservicios” yo podía entrar al taller, saludar a las dueñas, dos simpáticas hermanas y, en casos de extrema urgencia, sentarme a su lado para asegurarme que el texto salía exactamente como lo necesitaba y en el menor tiempo posible.

apple_mac_classicLas pequeñas Macintosh Classic de las hermanas Molina eran hermosas, la impresión láser era limpia y las correcciones eran prácticamente instantáneas. El precio era mucho mejor que el de la fotocomposición. A los tres o cuatro meses de trabajar con ellas, ya había entendido cómo funcionaba el asunto. Comprendí que mi hermana menor siempre tuvo razón, que yo sola podía llevar a cabo todo el proceso: lo que yo necesitaba era una computadora Apple, una Macintosh (aún no se les llamaba Mac).

610Era la Edad Oscura de Apple: el reinado de Gil Amelio. Así, mi primera Mac fue una Quadra 610, Sistema 7, que corría a la supersónica velocidad de 25 MHz y tenía una capacidad prácticamente ilimitada de almacenamiento: 200 MB en su disco duro. Me fue bien con ella, luego subí a una Performa, con la cual trabajé un par de años y fue la única máquina que tuve en la que entraron virus. Una sola vez.

Entonces, una mañana cualquiera, llegó a mis manos la gloria, acompañada de arpas y cánticos celestiales, contenida en un catálogo de Apple. Nunca olvidaré la sensación que experimenté al examinarlo. Primero, el color: blanco por todas partes; espacio y más espacio… A primera vista, no entendía de qué se trataba, qué eran estas “cosas” flotantes de colores, que parecían caramelos gigantes… Dios mío… son máquinas, son computadoras… pero, pero ¡no puede ser! ¡¡Son transparentes!! Y…. el ratón es ¡¡¡REDONDO!!!! ¡Virgen santísima! ¿He muerto de repente y me hallo flotando en el Cielo?

Pasaron unos diez minutos en los que yo no daba crédito a mis ojos: la perfección pura, la belleza infinita, lo que había estado esperando por décadas, sin saberlo….la iMac.

La Edad Oscura de Apple había llegado a su fin, Steve Jobs había regresado, aunque yo no lo supe hasta muchos años después. Jamás volví a tener otra máquina y cada nuevo modelo que ha trabajado conmigo ha sido imposiblemente mejor que la anterior. Desde el comienzo, ignoré todas las “sugerencias” y críticas veladas que recibí –tanto de colegas como, por supuesto, de vendedores– para que adquiriera un aparato más “potente” (por mi condición de profesional), una de esas torres azules primero y plateadas después: las Power Mac. Nunca necesité más ni menos que la perfección absoluta de una iMac y el tiempo me dio la razón: todos los demás modelos de escritorio fueron descontinuados.

La i en la iMac va por Internet. Ambos invadieron mi vida el mismo día para no abandonarme nunca más.

Luego de este recuento de primera mano de poco menos de medio siglo de evolución tecnológica, puedo afirmar sin el menor rastro de duda que la comunicación, en todas sus formas, es la mayor de las maravillas que ha producido la tecnología. La posiblilidad de conectarnos con personas en la otra mitad del planeta, de enviar documentos sin movernos de nuestra silla, de encontrar personas que comparten nuestros intereses (por más extraños que estos sean), de reencontrarse con amigos y amores perdidos en el tiempo, de obtener cualquier posible información que se desee, en segundos; desde la distancia de la tierra a la luna hasta el procedimiento para hacer un nudo en una corbata…

Lo que hoy podemos hacer con tan sólo un click, era sólo ciencia ficción hace unas pocas décadas. Me figuro que la mayoría de quienes lean esta entrada no saben (seguramente tampoco son capaces de imaginar siquiera) cómo es la vida sin computadoras, sin Internet. La verdad es que no era una mala vida, de algún modo nos las arreglábamos.

Supongo que, de igual forma, somos incapaces de soñar siquiera lo que se desarrollará en el futuro.

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Gracias, Steve

Por M


Pocas entradas me han dado tanto trabajo. Llevo más de 4 días dándole vueltas y eso es un record del que no me siento orgullosa. En un arranque de masoquismo llegué hasta a ponerme a leer lo que se ha escrito a partir de la renuncia de Mr. Jobs a su puesto de CEO de Apple. El resultado fue un deseo irrefrenable de matar a todos los que han escrito sobre el tema, con apenas dos o tres excepciones.

Una de ellas fue el “popular novelista y periodista británico” Tony Parsons (?) quien escribió en su Twitter que Mr. Jobs era el Leonardo da Vinci de nuestra era, lo cual a primera impresión me pareció una blasfemia; a segunda, ya no tanto, pero aún así no me siento cómoda con la comparación. Está bien, está bien, lo diré: Steve Jobs es Dios, pero Leonardo…. bueno…. Leonardo es Leonardo Da Vinci.

Sin embargo, el Señor Parsons, de quien no había tenido el gusto de oír anteriormente, también escribió algo lo suficientemente simple como para ser una verdad tan grande como un templo:

“Gracias: sin ti, todo habría sido feo, difícil y aburrido”.

Así que ya que suscribía cada letra, decidí basar en este agradecimiento mi entrada.

Para quienes pasamos más (o muchísimo más) de la mitad del tiempo en que estamos despiertos frente a la pantalla de una computadora, este “todo” tiene un significado muy particular. Quiere decir, al menos en mi caso, algo bastante cercano a un absoluto. Y desafortunadamente, es algo que he comprobado de primera mano, más de una vez he debido usar una pc….

Si yo hubiera escrito la frase del Sr. Parsons, también habría colocado la consideración estética en primer lugar. Igualmente lo habría hecho Mr. Jobs. Quien conoce su historia sabe que debió caminar contra viento y marea por muchos años a fin de mantener tal consideración por encima de otras. Hacerlo requirió coraje, determinación y persistencia, al menos en los inicios. Muy pocas personas dedican atributos como estos a la defensa de la belleza y nadie, absolutamente nadie más, lo había hecho antes en el campo de la informática. El por qué la estética es algo tan importante es un tema que trasciende el propósito esta entrada. El hecho es que lo es. Y como finalmente llegó a demostrarse a partir de 1998 con el furor creado por los productos de Apple, la estética no sólo es algo vital para los artistas de profesión, sino para cada miembro de nuestra especie.

En cuanto a lo difícil, pienso que la tasa de analfabetismo en informática –incluyendo personas que llegan hasta a declararse discapacitadas en el tema– corresponde en un 100% a usuarios de pc. Ningún usuario de Mac puede ni quiere detenerse en el descubrimiento, el aprendizaje y la práctica de su equipo hasta haber alcanzado niveles muy por encima del promedio en eficiencia y capacidad. Tampoco tendría por qué hacerlo. Muy pocos usuarios de Mac subutilizan el software o el hardware del que son dueños, todo lo contrario. Porque lo cierto es que es un verdadero placer usar cualquier aparato marcado por la manzana; es como si de alguna manera se integrara al propio cuerpo y se volviera una extensión de él. Lo mismo ocurre con los programas y sistemas operativos creados para Mac y para Apple en general: funcionan como una extensión de la mente del usuario. Están pensados para ser y funcionar de esta manera.

Por la misma razón, es imposible aburrirse con ellos ni de ellos. Además, el factor de innovación presente en todos los productos ideados por Mr. Jobs y construidos por Apple es un estándard en estos momentos, a tal grado que las copias tardan apenas semanas en aparecer en el mercado. Nunca comprenderé por qué alguien querría una copia pudiendo tener el original, pero supongo que eso también es parte de la condición humana.

Eso es todo por mi parte, sólo quería darte las gracias. Esta entrada no es una despedida. No sólo porque (como cualquier Dios que se respete) eres inmortal, sino porque no te has ido a ningún lado; ni yo tampoco. Tú sigues siendo el Presidente de la Junta en Apple y yo continuaré escribiendo, mientras viva, sobre un teclado con una manzana en la base.

¿Qué deseas aprender?

Me hacen falta algunas ideas para la “Academia de verano”, y coincide con que quiero probar la función de encuestas de WordPress.

Me gustaría agregar un par de entradas más al tema de informática. La razón es que ésta es, para un blogger, como la gramática: es aterradora y te sabe a rayos al principio, pero no puedes sobrevivir sin ella. Tu ayuda respondiendo esta encuesta será muy apreciada.

Puedes marcar cuantas respuestas quieras. No es que haya tantas opciones, pero…
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¿Qué tiene Ubuntu que no tenga Mac?

Esta entrada fue escrita originalmente bajo el disfraz de comentario, como mi querido vecino Jusamawi acostumbraba a hacer. En esta ocasión, a diferencia de las anteriores, decidí que no podía dejarla así escondida y decidí, fresca y unilateralmente, publicarla como se merece; como una entrada hecha y derecha.

Espero no haber sobredimensionado la confianza con la que su autor me ha honrado.

¿Qué tiene Ubuntu que no tenga Mac?

Por Jusamawi

He estado tentado de afilar las uñas y hacer un panégirico de Ubuntu. Después he pensado, ¿cuál es la pregunta? Está bien clara. ¿Qué tiene Ubuntu que no tenga Mac? La respuesta es fácil. Lo que hay detrás.

Apple es una gran empresa que hace unos productos formidables. De hecho yo mismo he comprado un Macbook aun con la intención de usar Linux en él. Problablemente no hay un sólo portátil que pueda competir con él al menos dentro de su gama. En cuanto al sistema operativo, aparte del tiempo que lleva acostumbrarse a las novedades no tengo más que buenas palabras. Lo que parece increible es que el 92% de ordenadores lleve Windows y sólo un 7% OSX (el otro 1% es para Linux). Ahí no tengo duda, Mac le da mil vueltas a Windows. ¿Dónde está el secreto de Windows, entonces? En la tecnología no, en la estética menos, el precio no es tan diferente como para explicar este fenómeno. ¿Dónde pues? Monopolio, marketing, abuso de poder, privilegios. No nos engañemos, Bill Gates no es el malo de la película. Él hace su trabajo y por lo que se ve no le va mal. Ha sido capaz de hacer que todo el mundo use un producto sin ser objetivamente la mejor oferta posible. Eso tendrá su mérito, digo yo. Tal vez la respuesta no sea echar la culpa al tío Bill, sino pensar en los consumidores, que se supone somos mayores de edad y sin embargo nos comportamos como borregos al seguir el dictado de lo que nos dicen. Luego es fácil criticar.

Yo he optado por Linux, y juro que no ha sido por hacerme el diferente. A tu pregunta responderé diciendo que no hay nada en Mac que no se pueda hacer en Ubuntu.

Se suele decir que todo aquel que prueba Mac no puede dejarlo. Yo lo he comprobado. Es deslumbrante. Yo he caido en la tentación a medias. Mi intención era, al principio, instalar sólo Linux y quitar OSX del ordenador. Finalmente he instalado Ubuntu en una partición del disco duro y he dejado otra para Mac. Me daba pena borrarlo del mapa. Prefiero conocerlo un poco más.

Lo que no tengo duda es, tras casi dos años con Linux-Ubuntu,que se puede trabajar de otra manera. Lo mismo me ha pasado con Firefox, The Gimp, Open Office y el mismo WordPress. He aprendido, me han ayudado y he colaborado en lo que he podido. Es increíble pensar que en el siglo XXI se puedan hacer las cosas sin seguir los dictados de gobiernos y multinacionales. Puedo asegurar que la calidad es excelente, que las posibilidades de adaptar los medios a tus necesidades son casi infinitas, que el desarrollo y la mejora son continuos y que detrás de todo esto no hay una secta ni cuatro chalados. Esto va en serio. El software libre es uno de los pocos ejemplos de que otro estilo de funcionar, trabajar, colaborar y ayudar es posible. Si además añadimos a eso que yo no hago el más mínimo sacrificio, en cuanto a pérdida de calidad o de posibilidades, que nadie me ha comido el coco y que de verdad me siento libre de poder hacer siempre lo que quiera, la respuesta final no tiene dudas para mí. Linux en general y Ubuntu en particular suponen no sólo una realidad sino una auténtica esperanza de que otro mundo es posible. Tal vez esto suene demasiado ampuloso. Si uno se detiene a pensar detenidamente en las connotaciones que esto tiene quiero pensar que se dará cuenta de que lo que digo no es exagerado.

Baste pensar en casos como el dela Fundación Mozilla y su Firefox, o el de la Wikipedia, de la que todos se reían al principio. Yo, se nota, estoy feliz con Ubuntu, tengo todo lo que necesito. Nunca en dos años me ha dejado colgado y lo que es más importante: he podido resolver yo mismo todos los problemas que se han ido presentando. Además, por si fuera poco, cada seis meses tengo una versión de Ubuntu corregida y mejorada al alcance de un click. And last but not least, es absolutamente gratis. En este caso no hay trampa ni cartón y qué quieres que te diga, en los tiempos que corren, eso no deja de asombrarme.

No voy a poner enlaces para que consultes especificaciones técnicas ni nada por el estilo. Si un día tienes un rato libre basta con te lo descargues de la página de Ubuntu, lo grabes en un Dvd y lo pruebes. No hace falta siquiera instalarlo. Puedes simplemente arrancar el ordenador desde el DVD y probarlo. Si te gusta lo instalas si no, no lo tires, regálaselo a alguien, te lo agradecerá.